morire de amor, es cierto. Siempre cuando camino, me gusta tomar de los rosales, pétalos, machucarlos y estrujarlos entre las manos hasta que sueltan su jugo, entonces froto el sumo por mis dedos, por las palmas de mis manos, para disfrutar el aroma que ahora se ha quedado conmigo.
Sé que a Anais también le gusta hacer eso, que también debe de compartir algunas manías mías aunque lo niegue, Anais le gusta el olor de las flores por eso le caí bien desde el primer instante, como un proceso de conducta, uno se da cuenta enseguida que las tardes con ella son mas limpias y tranquilas, porque no es necesario el tiempo, la casa de anais es grande de amor y su madre siempre me recibe bien, me ofrece comida, agua, ella es una mujer buena, la misma que crió a Anais.
Cuando salgo con Anais es difícil no ver las cruces de las iglesias, o dejar de disfrutar el aire caliente que le pega a uno en los camiones y tener ganas de volar de domingo a martes, sabe Anais que la quiero, sabe que es imprescindible para mi como un dios chiquito, que la veo por los caminos sin rumbo, por los corazones rotos, por las ventanas de cuentos de hadas y las cartas románticas.
Sabe también que hay días en que soy egocéntrico, que solo veo el lado de mis cosas, y me deja en paz con mi ensimismamiento, porque conoce el pasto, la luna, los cerros y las peñas de su casa, tanto como para darse cuenta que todo necesita tiempo hasta estar conmigo Anais es sabia
respeta como los antiguos los consejos, por eso entiende la idea que el pez medio es devorado por uno mas grande y se niega a creerlo, como se niega a creer en la teoría Darwiniana de la evolución o que hombre tiene que ser pisoteado por otro hombre, se acuerda que escribo pensando en ella, entonces estoy seguro que recuerda los poemas guardados en su carpeta de pasta gruesa y a sus amigos, tiene Anais que recordar la sonrisa mas sutil, el momento mas alegre, para meterlos en el encuadernado de pasta dura.
viernes, 26 de octubre de 2007
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